«Pero los males conyugales van a más, y la corrupción del matrimonio aumenta en la medida que se agudiza la lucha por la existencia y el matrimonio se convierte cada vez más en matrimonio de dinero o de compra. La dificultad cada vez mayor de mantener una familia lleva también a muchos hombres a renunciar por completo al matrimonio, y así, el dicho de que la mujer debe limitar su actividad al hogar, de que tiene que cumplir su profesión como ama de casa y madre, es cada vez más una frase huera. Por otro lado, esta situación tiene que favorecer la satisfacción extraconyugal del comercio sexual e incrementar el número de prostitutas; también aumenta el número de quienes padecen de una satisfacción antinatural del instinto sexual.
En la clase poseedora, igual que en la Antigua Grecia, la mujer se rebaja con frecuencia a un mero aparato de parir hijos legítimos, a guardiana de la casa o a enfermera del marido arruinado en el libertinaje. Para su placer y para sus necesidades amorosas el hombre mantiene hetairas –llamadas entre nosotros cortesanas o queridas–, que residen en los barrios más hermosos. Otros, cuyos medios no les permiten tener queridas, lo hacen con las rameras, por las que su corazón late más que por su esposa; con ellas se divierten, y una parte de nuestras esposas es lo bastante corrupta como para hallar correctas tales relaciones [1].
En las clases altas y medias de la sociedad, por tanto, la fuente principal de los males radica en el matrimonio por dinero y de conveniencia. Mas el matrimonio se corrompe aún más con el modo de vida de estas clases. Esto afecta también a la mujer, que con frecuencia se abandona al ocio o a ocupaciones corruptoras. A menudo, su alimento espiritual estriba únicamente en la lectura de novelas ambiguas y de obscenidades, en la asistencia a obras de teatro frívolas, en el disfrute de música excitante, en estímulos embriagadores de los nervios, en las conversaciones sobre escándalos de todo tipo. O bien el ocio y el aburrimiento las induce a buscar aventuras galantes, que el hombre busca con más frecuencia aún. Corre de un placer a otro, de un banquete a otro, y en el verano se apresura hacia los lugares de veraneo para recuperarse del ajetreo del invierno y encontrar nueva conversación. La chronique scandaleuse se nutre de este modo de vida; uno seduce y se deja seducir.
En las clases bajas el matrimonio por dinero es prácticamente desconocido. Por regla general, el obrero se casa por inclinación, pero tampoco faltan causas perturbadoras del matrimonio. La abundancia de hijos crea preocupaciones y trabajos, y con demasiada frecuencia los visita la penuria. Las enfermedades y la muerte son huéspedes frecuentes en las familias obreras. El desempleo eleva la miseria a su punto más alto. Y tantas cosas que le reducen la ganancia al obrero o durante cierto tiempo se la quitan por completo. Las crisis comerciales e industriales lo dejan sin trabajo, la introducción de nuevas máquinas o métodos de trabajo lo plantan en la calle, las guerras, los desfavorables contratos aduaneros y comerciales, la introducción de nuevos impuestos indirectos, el castigo por parte de los empresarios a causa de actuar de acuerdo con sus convicciones, etcétera, destruyen su existencia o la dañan gravemente. Unas veces ocurre una cosa, otras veces otra, con lo que permanece parado durante períodos más o menos largos, es decir, pasa hambre. La inseguridad es la marca de su existencia. Estos golpes del destino engendran el mal humor y la amargura, y tal estado de ánimo se exterioriza en primer lugar en la vida doméstica, cuando cada día y cada hora se exige lo más necesario, demandas éstas que no pueden hallar satisfacción. Saltan las riñas. La consecuencia es la ruina del matrimonio y de la familia.
O bien los dos, el hombre y la mujer, van al trabajo. Los niños se abandonan a sí solos o a la supervisión de hermanos mayores que necesitan ellos mismos ser vigilados y educados. Precipitadamente se traga la miserable comida de mediodía, suponiendo que los padres tengan, en absoluto, tiempo para correr a casa, cosa que en miles de casos no es posible debido a la gran distancia existente entre los lugares de trabajo y la vivienda y a la brevedad de las pausas; cansados y extenuados vuelven ambos a casa por la noche. En vez de un hogar acogedor y agradable, encuentran una vivienda estrecha e insalubre, carente a menudo de aire y de luz y en la que suelen faltar también las comodidades más imprescindibles. La creciente escasez de viviendas, con los terribles inconvenientes derivados de ella, es uno de los aspectos más sombríos de nuestro orden social, que conduce a numerosos males, al vicio y al crimen. Y la escasez de viviendas aumenta cada año pese a los intentos de contrarrestarla en las ciudades y en los distritos industriales. Capas cada vez más amplias se ven afectadas por ella: pequeños industriales, funcionarios, maestros, pequeños comerciantes, etcétera. La mujer que por la noche vuelve a casa cansada y rendida tiene de nuevo quehaceres a manos llenas; tiene que trabajar atropelladamente para arreglar lo más necesario en la economía. Los niños se marchan precipitadamente a la cama, la mujer se sienta y se pone a coser y a remendar hasta tarde, bien entrada la noche. Le falta la conversación y el consuelo tan necesarios para ella. El hombre suele ser ignorante; la mujer sabe aún menos, y lo poco que se tienen que decir se soluciona rápidamente. El hombre se marcha a la taberna para buscar allí las amenidades que faltan en casa; bebe, y por poco que sea, consume demasiado para su condición. En determinadas circunstancias cae en el vicio del juego, que también exige muchas víctimas en los círculos altos de la sociedad, y pierde aún más, y pierde aún más de lo que se bebe. Mientras tanto, la mujer permanece sentada en casa y gruñe; tiene que trabajar como una bestia de carga, para ella no hay ningún descanso ni recreo; el hombre utiliza lo mejor que puede la libertad que le proporciona la suerte de haber nacido hombre. Surge así la desavenencia. Pero si la mujer es menos cumplidora de sus deberes, y por la noche, después de volver a casa cansada del trabajo, se busca un reposo justificado, la economía retrocede y la miseria es doble. Pero, a pesar de todo, vivimos en «el mejor de los mundos».